DEL MIEDO REAL AL MIEDO IMAGINADO. Cambios estéticos para una literatura de terror. (Primera parte)

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Detalle de Aquelarre, de Goya.

Es de sobra conocido que la literatura de terror surge con el movimiento romántico y como consecuencia directa de la Ilustración. La razón ilustrada altera radicalmente la visión del mundo, conforma un hito a todos los niveles. Afecta a la percepción del miedo y lo convierte en estética, en placer, en arte. Brujas, vampiros y fantasmas pasan de ser entes reales perseguidos por la Iglesia y sufridos por las gentes, a conformar una fuente de emociones por disfrutar, precisamente porque ya no se cree en ellos. No puedo dejar de citar aquí la anécdota relatada por Llopis en su Historia natural de los cuentos de miedo, porque me encanta y la considero reveladora:

«—¿Cree usted en fantasmas? —preguntaron a la marquesa du Deffand, esclarecida dama de los salones ilustrados.

—No —respondió—, pero me dan miedo».

Se trata de una evolución del terror: del real al disfrutado, del vivido al imaginado. La emoción de la posibilidad. Una evolución que solo es posible gracias al cambio de mentalidad que promueve la Ilustración, y que culmina durante el Romanticismo. El cambio estético de los parámetros de lo bello y la percepción de lo sublime. El descubrimiento de lo siniestro como ingrediente de lo fantástico.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué puede decirse que no hay literatura de terror antes del Romanticismo?

En este primer artículo reflexionaremos sobre el miedo real —creído como real, aceptado socialmente como cierto, porque la realidad es eso: las convenciones que marcan un contexto sociocultural concreto—, un miedo vivido con el que no se puede jugar, para después reflexionar cuál es el papel de lo fantástico una vez que las vivencias quedan atrás. Más adelante podremos adentrarnos en los conceptos de lo sublime y lo siniestro, en mi opinión, pilares fundamentales de la estética del terror.

El miedo antes del miedo.

La noche es oscura y el hombre diminuto ante tal negrura. Un ser indefenso. El hombre primigenio se sabe inseguro. Es uno más de los seres que habitan la tierra y no precisamente el más fuerte, ni el más rápido. Tal vez sí el más listo. Es capaz de hacer fuego, aunque el miedo a que se apague siempre está presente. Es capaz de cazar, aunque también podría ser cazado. Su mente está dotada de conciencia y ese hombre originario sabe cosas. Sabe, por ejemplo, que va a morirse. Lo sabe porque ve que los otros se mueren y sabe también que este hecho altera el orden normal del mundo. El cadáver que yace allí ya no es una persona —el hombre original lo sabe—, ahora es otra cosa.  Un ser completamente diferente.  Un ser que podría volver de la muerte y que podría volver transformado. Porque la vida sigue tras el óbito y eso el hombre primitivo lo sabe. Por eso debe poner una losa sobre la tumba, realizar ritos para contentar y contener el alma del difunto.  Porque los difuntos dan miedo. La muerte da miedo. Lo que podría regresar da miedo. El miedo mantiene vivo al ser humano porque activa el instinto de supervivencia para escapar del peligro, y, cuando el miedo al Más Allá se activa, el instinto de supervivencia crea ritos y religiones. Explicaciones para lo desconocido. Magia para controlar lo incontrolable. Superstición y creencias. La gente vive marcada, inmersa en el miedo. Todo es real.

Cada época tiene sus terrores, aunque, quizás, todos puedan resumirse en uno. A lo largo de cada periodo histórico la gente vivía sumergida en ellos e influían en toda actividad cultural. En la Edad Media y aún en adelante, los miedos principales eran la guerra, las epidemias como la peste, el hambre. Miedo a morir, en definitiva. El miedo al juicio de Dios o a la herejía y la brujería, tan animosamente promovidas por la Inquisición. Miedo al castigo y a la condena. A una mala muerte y, por tanto, a una mala vida en el Más Allá. Miedo al extranjero, a lo que viene de fuera desestabilizando el orden normal de las cosas. Miedo a lo otro. Miedo a las catástrofes naturales, a una muerte horrible a manos de una naturaleza que es extraña o que podría volverse extraña. Miedo y ritos, creencias para explicarlo y paliarlo, para mantener todo en orden. Creencias y ritos que no son cuestionados, que son la más pura verdad. Que son la vida.

Así, todos esos miedos dan lugar a manifestaciones artísticas y encontramos una literatura religiosa, leyendas y cuentos tradicionales, hagiografías, cantares de gesta, danzas macabras. Narraciones cuya intencionalidad es adoctrinar, enseñar, mostrar milagros, educar, moralizar, promover un ejemplo a seguir, informar, levantar la moral en tiempos de guerra, consolar. Narraciones que asustan, pero cuyo fin último no es causar placer con ese miedo, no pretenden entretener a través del terror. Dan miedo, pero no son de miedo. Todavía es pronto para eso. Es pronto para que exista la literatura de terror, la literatura fantástica en general, puesto que el terror —antes del Siglo de las Luces— es una vivencia, además de una creencia. Tal y como señala Llopis en Historia natural de los cuentos de miedo: «Suele decirse —y con motivo— que la literatura de terror como género es hija del racionalismo. Antes de que la Ilustración aboliera la creencia en el mundo sobrenatural, los fantasmas y otros espíritus terroríficos apenas salían del ámbito de la superstición o de la espiritualidad oficial. Mencionarlos en voz alta podía equivaler a invocarlos. Además, la Iglesia miraba tales asuntos con malos ojos».

Así pues, los miedos eran reales para las gentes que habitaban occidente antes de la Ilustración. Y el morbo y la atracción que generaban tales temas se encontraban atados por la superstición y la religión, no podían salir a flote libremente. Solo cuando la razón se lleva las sombras aflora el morbo, y el escepticismo convierte el terror en un placer, pues el hombre, para compensar el desasosiego, tiende a objetivar la fuente de ansiedad. A observarla desde fuera. A cosificarla y disfrutarla. La finalidad de estas narraciones, ahora sí, es causar placer. Producir disfrute con el estremecimiento. Llega, pues, una nueva estética y un nuevo género: lo sublime, lo siniestro, el miedo. En palabras de Llopis: «Así, el europeo, que durante siglos se había ido alejando penosamente del terror al Más Allá, de pronto se encuentra ante castillos en ruinas llenos de fantasmas. Pero ya no se trata de un terror creído sino de un terror gozado».

¿Pero qué es, por tanto, la literatura de miedo?

Afirma David Roas en su obra Teorías de lo fantástico que es la transgresión lo que diferencia a la literatura fantástica de la que no lo es. La transgresión por excelencia que consiste en la realidad amenazada por un elemento sobrenatural. La dicotomía real/irreal, familiar/ extraño, natural/sobrenatural. Es decir, aquello que transgrede las leyes naturalmente tenidas como normales. Lo que rompe la normalidad del día a día. ¿Lo normal? Estaríamos haciendo aquí un llamado a una concepción común, estándar, de lo que es real de acuerdo con el contexto sociocultural de que estemos hablando. Dice Roas: «Toda representación de la realidad depende del modelo de mundo de que una cultura parte», y cita a Roger Caillois y añade: «Realidad e irrealidad, posible e imposible se definen en relación con las creencias a las que un texto se refiere». De esta manera, según Todorov en Introducción a la literatura fantástica, la principal característica de una obra fantástica es la vacilación que la aparición de lo extraordinario crea en el lector al tiempo que en el protagonista. La duda, tal vez solo de un segundo, que produce el elemento sobrenatural en el ánimo. ¿Esto que sucede es real o no? ¿Es de verdad mi mundo el que yo creía que era?

Así pues, esa ruptura es condición imprescindible, sin ella el relato fantástico no podría funcionar. El relato crea una mímesis de la realidad. La imita. Trata de dotar la historia de verosimilitud para después romperla insertando lo siniestro. El lector acepta el pacto de ficción y asume que esa realidad imitada se parece a la suya. Que podría ser la suya. Y cuando lo ominoso hace su aparición su ánimo se tambalea. Vacila. Duda. Siente un gozoso escalofrío. Lo real tambaleándose, la angustia que la duda crea. La inquietud. El elemento sobrenatural (fantasmas, vampiros, zombis, llámale equis) haciendo de las suyas para amenazar nuestro mundo familiar y seguro, para crear la vacilación previa al miedo que provoca lo siniestro cuando deja de estar oculto y se desliza allí donde no se lo esperaba. El miedo que todavía queda dentro de una sociedad sin miedo, el terror que podemos disfrutar.

BIBLIOGRAFÍA:

—DELUMEAU, J.: El miedo en occidente, Taurus, 2012.

—LLOPIS, R.: Historia natural de los cuentos de miedo, Fuentetaja, 2013.

—ROAS, D.: Teorías de lo fantástico, Arco Libros, 2001.

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