El curry de la historia

Hace ya un puñado de años, cuando aún era una novata en esto de escribir, participé en una iniciativa, a medio camino entre el concurso y el taller literario, en la que los relatos eran comentados de forma anónima. El mío, un homenaje al giallo que hoy me resulta bastante mediocre, recibió todo tipo de comentarios; muchos de ellos me ayudaron a mejorar como creadora de historias, pero hubo uno que en su día me desconcertó y tal vez marcó en parte mi escritura. No puedo citarlo de forma literal, pero venía a decir algo así como «el que las protagonistas sean lesbianas no aporta nada a la trama».

En su día no respondí. El anonimato obligaba a quedarse callado hasta el fin del periodo de comentarios y votaciones. Hoy me limitaría a decir «aporta lo mismo que si fuesen heterosexuales». Aportara poco o nada en función de las ramificaciones que tenga nuestra trama. La orientación sexual es una característica más de las personas. Necesitar que esté fundamentada en la trama es tan absurdo como decir que un personaje no puede ser aficionado a la filatelia si la trama no se articula en torno al coleccionismo de sellos, o que el hecho de que la detective protagonista de nuestra historia no beba alcohol tenga que deberse bien a un pasado de alcoholismo (¡viva la originalidad!), bien a que es miembro de la Liga Antialcohólica. Es más, pensar que ciertas cualidades solo pueden aparecer si la trama obliga a ello transmite, sin buscarlo seguramente, el mensaje de que el autor no ve a ese grupo de personas como «normales». Y resulta muy triste y muy duro también sentir que, por ser diferente, uno es anormal.

Las cualidades de un personaje, muchas veces, no tienen más función que ayudar a construirlo y hacerlo más sabroso o más insípido en función de qué elementos combinemos y cómo. En cierto modo, narrar una historia se parece a cocinar un guiso. Muchos de los ingredientes que incluimos no son necesarios para que, por ejemplo, el cordero sea apto para ser consumido. Sin embargo, son los responsables de que el plato nos resulte más o menos rico. Tradicionalmente, las recetas eran como entes inamovibles (por mi zona, básicamente, necesitabas ajo para adobar el cordero, cebolla para la salsa, vino blanco, pimentón y agua o caldo), pero hoy en día nos vamos haciendo más globales, más inquietos y más exploradores, incluso con los platos más clásicos. En el esquema básico de antes puedes cambiar la cebolla por puerro o manzana, usar vino tinto, coñac, cerveza… o incluso cambiar el pimentón por curry. Aunque pueda parecer mentira, para hacer esto último no hace falta planificar todo un menú de comida hindú, solo plantearte que una pizca de curry le da un toque muy rico al cordero y que, por ponerla, no va a dejar de ser un cordero guisado.

Batwoman

Volviendo a la mujer policía del ejemplo previo, el único fundamento que necesitamos para que sea negra y lesbiana es que tal cosa sea posible en el escenario, contexto histórico y social donde se desarrolla la historia. Luego ya, si queremos aprovechar algo más su vida personal dentro de la trama, podemos hacer que su novia sea una experta en mitología griega y le dé una pista de por qué el asesino usa como firma una pluma de pavo real.

Los condimentos bien escogidos, siempre dan gracia al plato y los elementos de trama bien ensamblados otorgan mayor solidez a nuestra novela. Lo importante es equilibrar bien los componentes.

Ahora bien, que el cordero salga rico añadiéndole curry no quiere decir que solo pueda hacerse así, ni que se deba usar siempre la misma variedad de curry, no puedan usarse otras combinaciones de especias o sea obligatorio que todo el mundo prepare el cordero siguiendo tu receta. Es un absurdo. Como absurdo es en lo literario hablar de imponer cuotas, porque las cosas hechas con desgana suelen salir mal. Otra cosa es que tú mismo pienses que tus historias cojean a la hora de representar, por ejemplo, los personajes femeninos o que te gustaría introducir más diversidad y al principio de plantees cubrir unas «cuotas», como quien usa un recetario para aprender a cocinar platos un poco más complejos. Eso no deja de ser un objetivo de mejora no muy diferente a dedicar una de las correcciones del manuscrito a podar tus coletillas recurrentes.

Personalizando un poco, cuando empecé a escribir Las Hijas de las Tinieblas, (la primera novela protagonizada por mi detective Diana Hunt, que confío en ver publicada algún día), me planteé que fuese un personaje no-blanco, para huir de ciertos estereotipos racistas que podían surgir a raíz de su enemistad con Ojos de Jade (señor del crimen de ascendencia china). El carácter de «cazadora» implícito en su nombre me inspiró a convertirla en mestiza, mitad blanca, mitad apache jicarilla. La cosa podría haberse quedado en esa pincelada. Pero, a partir de ahí, fui añadiendo elementos que definían al personaje y también al escenario. Debía de resultar plausible que, a finales de años cuarenta del siglo XX, una mujer medio apache y bisexual fuese no solo detective privado, sino también una excoronel del ejército del aire. Así fui tejiendo este universo ucrónico donde ya han surgido otros personajes como Arcángel.

Al final, todo es cuestión de aprovechar lo mejor posible los ingredientes que uno tiene. Incluso, si un personaje es recurrente, una cualidad accesoria en una historia puede ser básica en la trama de otra.

EveryHeart
Every Heart a Doorway una novela que convierte el reflejo de la diversidad en uno de sus puntos fuertes.

Podría cerrar el artículo en este punto, pero permitidme hablar un poco sobre la importancia de la representación. He llegado a leer que esta no resulta importante. Ante eso, diré que muchas de mis historias han nacido de mi necesidad como lectora de encontrarme buenos personajes femeninos en géneros donde, tradicionalmente, tenían roles muy limitados. Cuando era cría, si me disfrazaba de ninja, iba disfrazada de tío, parecía impensable que una chavala pudiese ser también tal cosa. Los referentes de ficción nos ayudan a veces a tejer nuestros objetivos en la vida. Así que sí, un buen personaje te enganchará sea cómo sea, pero no por ello los referentes dejan de ser importantes. Ayudan a visibilizar, a que otros nos comprendan o uno se entienda o acepte mejor a sí mismo. Por eso es importante, sobre todo en ciertos géneros, que surjan voces que apuesten por la diversidad.

Eso no obliga a que el resto tengan que hacer otro tanto. Cada uno es soberano de su obra. Pero es bueno reflexionar y darse cuenta de que la orientación sexual de un personaje o su identidad de género no necesitan estar fundamentadas en la trama, como tampoco lo necesita su color de ojos.

Para cerrar, me gustaría dejar clara una cosa. No entiendo que apostar por la diversidad sea una moda; sería como decir que incluir personajes femeninos fuertes, o alejados el menos de los estereotipos de florero o dama en apuros, también lo es. Se trata simplemente de reflejar un mundo cada vez más plural.  

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